Nada más subir al tren nos sentamos la una frente a la otra. Era un viejo tren italiano de cercanías, de vagones grises atravesados por una banda estrecha de pintura verde. La tapicería de los asientos, del mismo color verde que la línea de pintura que recorría el convoy, mostraba algunos descosidos por los cuales asomaba un relleno de espuma de aspecto envejecido, amarillento. Salvo Claudia y yo, nadie más viajaba en aquel vagón.
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Mirando a través de la ventanilla, íbamos charlando animadamente, mientras dejábamos atrás los últimos edificios situados en las afueras de Milán. Yo me moría por besarla, pero también me interesaba muchísimo saber más acerca de su vida. Al fin y al cabo, hacía apenas unas horas que nos habíamos conocido, así que me pasé un buen rato escuchándola, observando su boca mientras me hablaba, mirando con detenimiento sus labios, cuidadosamente perfilados, sus dientes perfectos, su sonrisa generosa y amable, mientras me describía la pequeña ciudad italiana donde había nacido, famosa por su circuito de carreras.
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par Carlos
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